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Aunque el daño a la capa de ozono ahora es menor, seguimos expuestos

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En 1985 se anunció por primera vez el descubrimiento de un gran agujero en la capa de ozono. Dicho hallazgo alertó a los científicos y de manera rápida comenzaron a emitir acuerdos y legislaciones para productos que empeoraban esta situación. Actualmente, han revelado nuevos datos que comprueban que estas medidas han traído buenos resultados.

La capa de ozono fue descubierta por los físicos franceses Charles Fabry y Henri Buisson en 1913, entre los múltiples perjuicios que trae este agujero para la salud se destacan cáncer de piel, cataratas oculares, problemas inmunológicos y una mayor exposición a la radiación ultravioleta. Entre los elementos que más repercuten en su deterioro está la alta emisión de compuestos químicos llamados clorofluorocarbonos (CFC).

Fue tan alto el impacto que esto generó que en 1987, varios países pertenecientes a la ONU firmaron el Protocolo de Montreal en Canadá, para reducir la producción y consumo de productos deterioradores de las capa. Aunque se conocía que el agujero se había reducido desde ese entonces, un nuevo informe comprueba que la morfología, a pesar de ser muy dinámica, se ha estado recuperando de a poco.

Siendo así, un grupo de investigadores monitoreo y estudio por más de una década, los datos arrojados por el satélite de la NASA Sounder Microwave Limb Sounder (MLS). Tras medir los gases en la atmósfera en cada invierno entre 2005 y 2016, determinaron que el daño se ha ido reduciendo. De esta manera, el agujero se ha reducido en 4 millones de kilómetros cuadrados desde el 2000.

Con esto se puede evidenciar que la reducción del agotamiento de la capa se debe a la disminución de los niveles de cloro provenientes de los CFC, aunque no se ve una disminución total del agujero, pues esto está controlado por la temperatura después de septiembre (posterior a los meses donde se hizo el estudio) y presenta grandes variaciones de un año a otro.

A pesar que los resultados evidencian una pequeña mejor, los científicos afirman que aún no estamos fuera de peligro. Los CFC presentes en la atmosfera seguirán existiendo por muchos años más, ya que tienen una vida promedio de 50 a 100 años.

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